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Ciberteologia
Revista de Teologia & Cultura

Edición 34 – Año VII – Abr/May/Jun 2011

Salvación en el metro

Jorge Claudio Ribeiro[1]

Inicio de 2011, termómetros abajo de cero, medio metro de nieve en las calles de la isla famosa, al norte. Salgo del terminal de autobuses, camino por el pasaje bajo la calle 42 con la 8a Avenida, rumbo a la estación Times Square,  en el corazón de la metrópoli. En medio a la babel, soy abordado por misionarios trabajando batas amarillo-mostaza. Ellos me ofrecen un folleto del mismo color, que promete: “Vamos a orar con usted sobre necesidades familiares y espirituales, situación de empleo, incertidumbre, dependencia de drogas y problemas de salud”.

Un joven adulto, caucasiano, con aire saludable y un tanto inocente se ofrece para orar por mí. “Sé rezar todavía”, pienso,  más acepto el gentil ofrecimiento; no costa intentar experimentar. Pregunta mi nombre y lo que tengo a pedir a Dios. Le digo que sólo quiero agradecer por el día de hoy y pedir por el buen viaje de mi mujer, que fue hacer compras allá del río. Ele cierra los ojos, se dirige al Lord Jesús en las intenciones de George y añade algunos pedidos por cuenta propia. E acrescenta alguns pedidos por conta própria. Quizás yo le parezca mezquino ante la generosidad divina.

Concluida la oración, se presenta: Ted Bob (pseudónimo), “revival minister” del Bill Rice Ranch, un Christian camping. Más tarde, por la Internet, aprendo que el rancho existe hace más de cincuenta años y promueve campamentos de verano y diversas clases de ministerios, hasta mismo para sordos.

Establecido el vínculo, el ofrece más uno. Oigo su fast-catechesis. “Tengo tres cosas a decirle, George. La primera: ¿usted sabe que todos nacemos pecadores y que Dios debería castigarnos por eso? No soy yo quien lo afirmo, está en la Biblia, en la Carta los Romanos.” ¿Pecador, así, sin más? “Usted sabe lo que son pecados, George?” Quien fue educado en el Cristianismo lo sabe. Él: “Pecados son bad things, y se cometen mediante acciones, pensamientos y mucha otra cosa más.” OK.

Garantida la perdición, Ted me ofrece la salvación. “La segunda cosa es que Jesús murió para el perdón de nuestros pecados. ¿George, usted sabe quién fue Jesús?” Sé. “¿Entonces, quien fue?” “No voy hablar” (¿sería provocación si le dijera que Jesús es un judío famoso?) Él retrocede: “¿Más usted tiene fe en él, no tiene?” Sí, tengo, una fe mía. “Entonces, la tercera cosa que le voy a decir es: ¡usted está salvo!” Encuentro aquello óptimo, sencillo y gratis. ¿Ya imaginó? Listo, salvo, sin burocracia. ¿La salvación no debería venir de cualquier lugar, independiente de credos? ¿Al fin y al cabo, Dios tiene religión?

El joven pastor sigue, solemne: “George, eso significa que, si usted morir ahora, o de aquí diez años, va directo para el Cielo. ¿Usted quiere ir para el Cielo?” Me entrego enteramente, como el bebé en el seno materno, o el apasionado al seno amado “¿Entonces, vamos a rezar juntos una oración mágica que está en este folleto?” Vamos. “En este exacto momento tomo la decisión de confiar en usted, Jesús, para me salvar de mis pecados y darme la vida eterna. Gracias por salvarme. Amén.” Amén, mismo.

Bye George, bye Ted. Titilada, una papila de mi alma tuerce para que aquellos diez minutos de epifanía duren para siempre. Sin embargo, a lo largo de los días siguientes, aquella sensación se disolvió lentamente. Sé cómo es. En tiempos pasados, yo tendría atribuido esa deshidratación salvífica a mi poca fe o a los míos muchos pecados e intentaría revivir aquella experiencia, en un vaivén interminable. ¿No es eso lo que tantas comunidades hacen para mantener encendido el sagrado fuego, arquitectando una vida más allá y fuera de aquí, edificando barreras para este mundo profano y conviviendo en ambientes regidos por leyes y valores solamente de ellos? ¿No sería de esa manera que los vaqueros espirituales del Bill Rice Ranch mantienen viva aquella su fe tan sencilla,  agarrada a la fimbria del manto divino?

Pero yo cansé. Estoy consciente de que carezco de salvación en varios niveles, más ya no consigo ver a Dios como un utensilio doméstico, mirar a Jesús en cada aburrido que me aparece, ni recitar credos infalibles. Las costuras de mi escaso tiempo  –  cada nuevo día es un día a menos  – no aguantan el peso de la eternidad. Por más que yo mueva y remueva la espina en la carne no sale de ninguna manera.

Lo bueno de todo eso es que me familiaricé con el misterio, el silencio, la sorpresa. La belleza, la ternura y la justicia despiertan reverencia en mí. Ya tuve muchas certezas, ahora con pocas me contento. Sé que nada puede evitar la tragicidad humana, la cual es preciso enfrentar (¿“resolver” seria demás?). Por lo que esté a mi alcance, me gustaría morir sin miedo. Como consuelo, Bernanos me susurra: “Digan al dulce reino de la Tierra que lo amé más de lo que nunca osaría decir”.

Como quiere que sea, agradezco la corta salvación, cuya “saudade” Ted ayudó a avivar en mí. Que la salvación de él dure más que la mía. God bless.


[1] Jorge Claudio Ribeiro, 62, es profesor titular del Departamento de Ciencia de la Religión de la PUC-SP y editor del Editorial “Olho d’Água” (<www.olhodagua.com.br>).